
LOS ANGELES (Reuters) - El infame empresario discográfico Allen Klein, quien tuvo un papel clave en la disolución de los Beatles y logró el control sobre algunas de las canciones más famosas de los Rolling Stones, murió a los 77 años en Nueva York el sábado tras una batalla con el Alzheimer, informó un portavoz.
Durante una carrera que se extendió por más de 50 años, el ex contador de Nueva Jersey logró una reputación de ser un astuto personaje. Sus despiadadas prácticas en los negocios fueron vilipendiadas por muchos, pero se ganó un reticente respeto por obligar a sellos discográficos a hacer acuerdos millonarios con sus clientes.
"No me hablen de ética", dijo a la revista Playboy en 1971. "Cada hombre se hace a sí mismo. Es como una guerra. Se elige el lado primero y desde entonces, se reciben disparos. El hombre al que le disparas probablemente diga que no tienes ética ¿Y qué?".
Su reputación no fue dañada cuando lo sentenciaron a dos meses en prisión en 1979 por evasión tributaria.
Dijo una vez que John Lennon lo contrató para proteger sus intereses al interior de los Beatles debido a que él y su esposa Yoko Ono querían un "'verdadero tiburón' -alguien que mantuviese alejados a los otros tiburones".
Su empresa, ABKCO Music & Records, es uno de los mayores sellos independientes en una industria controlada por corporaciones multinacionales.
El portavoz dijo que la firma seguiría bajo el control de la familia de Klein. Dos de los hijos del ex contador trabajan en la compañía, siendo su hijo Jody quien dirige ABKCO. (Las siglas son por Allen y Betty Klein -su esposa- Co.)
Sus activos incluyen grabaciones de los Rolling Stones, the Animals, Herman's Hermits, Bobby Womack, the Kinks, Chubby Checker, Bobby Rydell y muchos otros.
El brazo editorial posee más de 2.000 derechos de autor, que incluyen a composiciones de Mick Jagger y Keith Richards de los Rolling Stones, Cooke, Womack, Ray Davies de los Kinks y Pete Townshend de the Who.
DESDE SAM COOKE A LOS BEATLES
Klein irrumpió en la industria de la música realizando informes de auditorías a sellos que representaban a clientes como Bobby Darin y Connie Francis. Cuando descubría que se les debían derechos de autor, tomaba un porcentaje de la diferencia como honorarios.
Su primer gran cliente como manager fue Sam Cooke, para el que negoció un lucrativo acuerdo de grabación en 1963 que le dio a la estrella del soul un control inédito sobre su propio catálogo.
Klein, que ya era representante de artistas de la "Invasión Británica" como the Animals, Dave Clark Five y Herman's Hermits, fijó la mira sobre los Rolling Stones, que tenían dificultades bajo un oneroso acuerdo.
Renegoció su acuerdo en 1965, y terminó manejando al grupo por cerca de cinco años - tomando honorarios de un 20 por ciento.
Los Stones eventualmente se cansaron de Klein. Pero el único modo de librarse de él era entregar los derechos de sus grabaciones "master" y derechos de canciones tan grandes como "(I Can't Get No) Satisfaction" y "Jumpin' Jack Flash".
"En algunos sentidos Allen Klein era un adelantado a su tiempo", dijo Jagger en el documental del grupo de 1989 "25x5". "Duramos cerca de tres o cuatro año con él, realmente, mediante las ramificaciones eso sigue hasta ahora".
Richards fue más filosófico, describiendo su experiencia con Klein como "el precio de una educación".
Pero entonces, Klein estaba concentrado en el premio mayor, los Beatles. Ofreció su ayuda a Lennon a comienzos de 1969, cuando el idealista sello del grupo, Apple Corps, estaba drenando las arcas de la fracturada banda.
George Harrison y Ringo Starr lo recibieron bien, pero Paul McCartney se opuso fieramente. Prefería la experiencia legal de su suegro, el abogado de Nueva York Lee Eastman.
En medio de una serie de complejas maniobras que todavía tienen consecuencias, Klein trató infructuosamente de asegurar el control sobre los derechos de autor de los Beatles en favor del grupo. Michael Jackson terminó teniendo los derechos 16 años después.
Klein sí consiguió un buen acuerdo de grabación para los Beatles, pero las relaciones al interior del grupo estaban rotas y se disolvió en 1970.
Ese año, Harrison "honró" a Klein en una versión inicial de su canción "Beware of Darkness", con la línea "cuidado con ABKCO". "Podría haber terminado siendo profético. Pero en ese momento era sólo un pequeño chiste", dijo Harrison a Reuters el 2000.
De hecho, Harrison y Klein se reunieron en 1971 para organizar el Concierto para Bangladesh, evento con la colaboración de grandes estrellas, en el Madison Square Garden, en Nueva York. Tomó una década que los fondos llegasen a los refugiados debido a complejos problemas legales.
Además de su esposa e hijos, a Klein le sobrevive su novia de muchos años, Iris Keitel, ejecutiva de ABKCO. Su funeral se realizará en Nueva York el martes.
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Y otra nota, sobre "los villanos del rock" (o sea, los managers), en la que se cuenta otra tramoya de Klein, en torno a la canción "Bittersweet Symphony".
Directos al infierno
Les habrán llegado los ecos de esta historia. Un antiguo "pipa", James Wright, publica unas memorias, Rock roadie, donde relanza un añejo rumor: que Jimi Hendrix fue asesinado en 1970 por su manager, Michael Jeffery, ansioso de beneficiarse de una póliza de dos millones de dólares.
Supuestamente, Jeffery confesó que mató a Jimi atiborrándole de barbitúricos y vino tinto; dado que el guitarrista iba a cambiar de representante, valía más muerto que vivo. Nadie puede contradecirlo: Jeffery falleció en 1973, cuando un avión de Iberia chocó con uno de Spantax en la vertical de Nantes.
Resulta extraordinario que grandes medios concedan credibilidad a una fábula que contradice todos los relatos de las últimas horas de Jimi. Además, presenta a un Hendrix que se deja liquidar como un borreguito. Hablamos de alguien que supo sobrevivir a situaciones complejas, en el US Army, en el duro circuito del rhythm and blues, en el estrellato rock.
Pero la idea de un manager que sacrifica a su protegido parece tener resonancias mitológicas. Circuló en 1967, cuando Otis Redding se estrelló en una avioneta. Dado que el soulman quería independizarse, dedos airados señalaron a su manager blanco, Phil Walden, como responsable en la sombra. Que conste: la póliza de vida resulta frecuente en muchos contratos de grabación o representación.
Así que podemos afirmar que, en la industria de la música, hay un oficio aún más odiado que recaudador de la SGAE o contable de discográfica. En el imaginario rockero, al manager se le atribuyen cualidades mefistofélicas y capacidad para las mayores maldades. Este dios caprichoso puede encumbrar a cualquier mortal y destrozarle posteriormente sin compasión. Un parásito necesario, aunque se sospeche que tiene la moralidad de un tiburón hambriento.
El prototipo de manager del rock and roll es el Coronel Tom Parker, responsable de la carrera de Elvis. Un falsario: su grado militar era un título honorario y se llamaba en realidad Andreas van Kuijk. Nacido en Holanda, emigró clandestinamente a América. Nunca regularizó su situación; el miedo a pedir un pasaporte explica que no permitiera que Presley actuara fuera de Estados Unidos.
Estamos ante el peor tipo de manager: el que recorta el potencial del artista con decisiones pacatas, productos de un espíritu conservador y la codicia del "más vale pájaro en mano". Parker empujó a Elvis por un barranco cinematográfico, dinamitando sus posibilidades como actor y menospreciando su faceta musical. Convertirle en un habitual de Las Vegas tuvo su mérito pero permitió que la novedad se pudriera: ludópata, Parker estaba a merced del casino del International Hotel. La urgencia de dinero para pagar deudas de juego explica el peor negocio de Elvis. A instancias de Parker, vendió en 1973 a RCA sus futuros derechos discográficos por 5.400.000 dólares. Un disparate.
Parker cobraba ¡un cincuenta por ciento! de las ganancias del Elvis. La comisión de Allen Klein era menos escandalosa, pero supo apoderarse de minas de oro todavía en explotación, como las grabaciones (y los derechos editoriales) de Sam Cooke en RCA o los Rolling Stones de Decca: trasladó los contratos del grupo británico hacia una sucursal estadounidense de la empresa matriz, que tenía el mismo nombre pero le pertenecía exclusivamente. También los Beatles pasaron por sus garras, pero Paul McCartney frustró su particular OPA. El tópico presenta a Paul como tontito, en comparación con el afilado John. Todo lo contrario: Klein embelesó a Lennon al enfatizar que ambos crecieron como huérfanos, aparte de engatusar a Yoko Ono con torpes halagos.
Todavía puede morder: ya septuagenario, Allen Klein despojó a The Verve de todos los beneficios de su gloriosa Bittersweet symphony, por abusar precisamente del sampleado de una pieza de los Stones. Una jugada maestra: mientras engordaba la cuenta corriente de Klein, las críticas recaían sobre Mick Jagger y Keith Richards. Más méritos para colocarle en lo alto de la pirámide de los managers infernales.
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